El ocho

Portada de «El ocho» (Katherine Neville)

Portada
«El ocho»

Dos historias relacionadas con casi 200 años de diferencia: la historia de Mireille de Rémy, novicia en la abadía de Montglane, en medio de la convulsa Europa de finales del siglo XVIII y la de Catherine Velis, informática enviada por trabajo a Argel para realizar un simulador. Ambas mujeres se ven mezcladas en una batalla milenaria alrededor del secreto escondido en el ajedrez de Montglane, que perteneció a Carlomagno, en el que personas reales actúan como trebejos sobre el tablero del mundo.

El libro alterna las dos historias (Mireille y Catherine) capítulo a capítulo: cada uno de ellos empieza con una cita (relativa al ajedrez) y se indica el lugar y la fecha aproximados de la acción. La historia de Mireille se inicia en la primavera de 1790, cuando ella y su prima son novicias en la abadía de Montglane que se ven obligadas a abandonar rumbo a París por la situación de Francia. Por su parte Catherine empieza en Nueva York en la nochevieja de 1972 cuando la destinan a Argel por desavenencias con su jefe.

Por si fuera poco esta peculiar (que no única) estructura narrativa, en algunos momentos se insertan tramas externas (una especie de flashbacks) que rompen la narración. En algunos casos son aclaratorios y en otros simplemente tediosos.

Es un libro extraño, desconcertante y muy difícil de catalogar. La trama global parece buena pero el desarrollo queda raro. En algunos momentos es entretenido mientras que en otros genera sopor. Por un lado tiene la dosis de misterio, intriga, suspense y giros sorpresa típicos de los best-sellers modernos por el otro un cierto toque de novela histórica. A todo hay que añadir continuos saltos temporales, complejas relaciones entre los personajes, descripción de detalles truculentos o erotismo.

La sobreabundancia de personajes (tanto históricos como ficticios) y sus relaciones es abrumadora. La aparición de nuevos actores sin ninguna introducción previa en cualquier momento de la trama llega a confundirlos algo que en algunos momentos es molesto. Esta prolijidad ocasiona que queden poco definidos y muchos de ellos carezcan de personalidad y profundidad.

Katherine Neville

Katherine Neville

La autora publicó una segunda parte de la historia «El fuego» que continúa la historia unos años después de la trama de Catherine.

El tablero, forjado exclusivamente en plata y oro, media un metro entero por cada lado. Las piezas, de metales preciosos afiligranados, estaban tachonadas con rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas sin tallar pero perfectamente lustrados, y algunos alcanzaban el tamaño de huevos de codorniz. Como destellaban y resplandecían a la luz de los faroles del patio, parecían brillar con una luz interior que hipnotizaba a quien los contemplaba.

La pieza llamada sha o rey alcanzaba los quince centímetros de altura y representaba a un hombre coronado que montaba a lomos de un elefante. la reina, dama o ferz iba en una silla de manos cerrada y salpicada de piedras preciosas. Los alfiles u obispos eran elefantes con las sillas de montar incrustadas de raras gemas y los caballos o caballeros estaban representados por corceles árabes salvajes; las torres o castillos se llamaban rujj, que en árabe significa carro. Eran grandes camellos que sobre los lomos llevaban sillas semejantes a torres. Los peones eran humildes soldados de infantería de siete centímetros de altura, con pequeñas joyas en lugar de ojos y piedras preciosas que salpicaban las empuñaduras de sus espadas.

Katherine Neville: ‘El ocho‘. Editorial Planeta DeAgostini, 2005. Página 20.