El agresor invisible

Portada de «El agresor invisible» (Boileau-Narcejac)

Portada
«El agresor invisible»

Un viejo castillo convertido en hotel es el escenario de extraños sucesos de difícil explicación. Se cree que los sucesos se deben a la muerte del abuelo del propietario, un crimen sin resolver, que ha encantado el castillo. Estos sucesos tienen en jaque a su actual dueño que está muy cerca de tener que vender y pide ayuda al padre de «Sin Macuto».

Sobre estos mimbres se desarrolla una elaborada historia de misterio e intriga. A pesar de ser de una novela de suspenso, está narrado usando el género epistolar (el protagonista escribe cartas a un amigo suyo), exceptuando contados capítulos. Aunque esta forma de narración resta acción, la fluida narrativa atrapa desde el primer momento y la recreación precisa mediante detalladísimas descripciones sumergen al lector en el ambiente. El uso de esta peculiar técnica narrativa permite plasmar el estado de ánimo del protagonista: sus temores, sus dudas, sus teorías y explicaciones…

La lectura del libro produce una mezcla extraña de sensaciones. En algunas fases, se siente la abogiante atmósfera del castillo mientras que en otros la duda se expande sobre cualquier posible explicación que se tenga. Estas sensaciones se mezclan con el recuerdo de otros libros de suspense para adolescentes («Los tres investigadores» ) y la nostalgia de la propia infancia al ver reflejadas situaciones cotidianas de hace unos años.

Sin duda, una lectura agradable y que atrae desde la primera página (para muestra la cita siguiente). Muy recomendable para que los jóvenes se inicien en el hábito de la lectura.

François busca, alargando el antebrazo bajo la almohada y el cabezal, un rinconcito de frescor, y su corazón se calma. Esa palabra de aparecido, a pesar de todo, ha hecho que le latiera más de lo razonable. Intenta orientarse, pues esta habitación le sigue resultando extraña. No “nota” bien la ventana. Está por algún lado a la derecha y, pese a tener cerradas las contraventanas, deja filtrar, a intervalos regulares, el resplandor apenas perceptible del faro de Chassiron. No es ni siquiera un resplandor. Es, visible en el techo, como un golpe de abanico que desflora la densa noche en que está sumergida la habitación. Si se levanta uno, si se aleja de la cama en dirección al armario, hacia la izquierda, hay una mesa redonda sobre la que se encuentra un antiguo jarrón, y hay también un butacón rústico, ¿pero dónde…?, y un cofre, un soberbio cofre, con cerraduras labradas…, ¿a qué lado? François juega con este pensamiento: está perdido en el seno de las tinieblas…, navegante solitario que busca su ruta. Al noroeste de la cama, la cómoda, y al suroeste… Se le cierran los párpados. Va a la deriva, a flor de sueño. Ese ruido que ha tomado por un roce es la lluvia, una lluvia ágil que repiquetea contra las contraventanas, ya insistente, ya tan ligera que parece correr de puntillas. ¡Cómo! ¿De puntillas? ¿Quién se está moviendo de puntillas? De nuevo, la alerta. El quedarse sin aliento. El silencio está vivo, eso es seguro, como siempre ocurre en las viejas mansiones. Las vigas que crujen, las tablas del suelo que gimen. François está seguro de haber percibido un roce. Esas palabras que han surgido, de repente, que se han pronunciado en su interior, ellas solas, como una puesta en guardia. “De puntillas”; eso quería avisarle de que[…]

Boileau-Narcejac: ‘El agresor invisible‘. Colección La Maladeta (número 5), Editorial Pirene, 1998. Páginas 8-9.